Estoy sentado en el despacho de Klaus. He tardado casi una hora en pasar todos los controles de seguridad. Me han retirado la botella de agua y también mi navaja suiza, que siempre llevo conmigo. Ahora estoy sentado aquí, esperando. En realidad, estos controles comenzaron después del 11-S. ¿Se ha vuelto el mundo más peligroso desde entonces?
Klaus me mira y dice: “¿Más peligroso? Esa no es la pregunta correcta. El mundo no es más peligroso — se ha vuelto más frágil. O al menos así lo sienten las personas.” “Entonces basta con el sentimiento”, respondo. “Los hechos ya no parecen necesarios.”
Klaus se recuesta en la silla: “Los sentimientos deciden elecciones. Los sentimientos legitiman leyes. Los hechos suelen llegar tarde.” “Y de los sentimientos nacen reglas”, digo. “Reglas que se quedan.”
Klaus asiente: “Porque nadie quiere ser quien retire una medida de seguridad. Imagina que ocurre algo — y se podría haber eliminado una norma.”
“Así que lo conservamos todo”, digo. “Incluso lo que nos cuesta libertad.”
Klaus duda un instante: “La libertad es abstracta. La seguridad es concreta. Se puede medir, controlar, administrar.”
Pienso en mi navaja. Una herramienta. Un objeto cotidiano. Y ahora, un riesgo.
“Antes”, digo, “la decisión era mía. Ahora pertenece al sistema.”
Klaus responde con calma: “Los sistemas desconfían del individuo. Funcionan mejor cuando el comportamiento es previsible.”
“Pero ahí está el problema”, respondo. “La previsibilidad sustituye a la responsabilidad.”
Klaus levanta una ceja: “O evita malas decisiones.”
“O trata a las personas como niños”, digo. “Como en la escuela: reglas en lugar de criterio.”
Klaus guarda silencio un momento: “Tal vez”, dice finalmente, “ese sea el precio de la estabilidad.”
Miro a mi alrededor. Cámaras. Tarjetas de acceso. Cristal. Todo parece tranquilo. Ordenado. Seguro.
“El control tranquiliza”, digo en voz baja. “Pero estrecha el espacio.”
Klaus responde despacio: “Y cuanto más estrecho es el espacio, menos lugar queda para la responsabilidad.”