A menudo me hago la pregunta: ¿qué es la verdad? Cada persona tiene su propia verdad. Y cuanto más reflexiono sobre ello, más claro veo que mi verdad está moldeada por mi visión del mundo. Por mi familia. Mis amigos. Mis vivencias. Todas ellas son verdades vividas.
Hoy, sin embargo, cada vez más información mediática se mezcla en mi conciencia como supuestas experiencias. Imágenes. Titulares. Narrativas. Se sienten como vivencias propias — pero no lo son.
Miro a Klaudia. Klaudia me responde con calma: “Es importante que vuelvas a orientarte hacia dentro para sentir tu verdad. Es un proceso de limpieza.” Asiento. “Pero ese proceso necesita silencio. Y tiempo.”
Entonces interviene Klaus. Klaus dice con sobriedad: “La mentira forma parte de nuestro oficio.”
Lo miro. “¿Qué quieres decir con eso?”
Klaus se mantiene sereno: “No se trata de publicar tu verdad. Se trata de presentar los acontecimientos de manera que resulten correctos y necesarios para la población.”
“Entonces”, digo lentamente, “decidís qué puede considerarse verdad.”
Klaus me corrige: “Decidimos lo que estabiliza. La verdad es inestable. La seguridad no.”
Siento resistencia en mi interior. “¿Y la ética?”, pregunto. “¿Dónde queda la responsabilidad hacia el ser humano?”
Klaus se recuesta: “La ética es un lujo que los sistemas solo pueden permitirse cuando son estables. En tiempos de crisis, cuenta el efecto, no la veracidad.”
Klaudia niega suavemente con la cabeza: “Pero ahí es donde comienza la alienación. Cuando las personas ya no pueden sentir lo que es verdad para ellas.”
Klaus la mira: “La gente quiere seguridad. No verdad.”
Respiro hondo.
“Tal vez quieran seguridad”, digo. “Pero se pierden cuando renuncian a su voz interior por ella.”
Klaus responde sin dudar: “Las voces interiores son imprevisibles. Los sistemas necesitan previsibilidad.”
Siento cómo la tensión aumenta. “Entonces dime”, pregunto, “¿qué queda del ser humano cuando la verdad se convierte en una variable?”
Klaus guarda silencio un instante. Luego dice: “Un miembro funcional de la sociedad.”
Klaudia responde en voz baja, pero con claridad: “O una persona interiormente vacía.”
Silencio.
Siento que aquí ya no se trata de argumentos. Sino de dos imágenes radicalmente distintas del ser humano. “Cuando la seguridad se vuelve más importante que la verdad”, digo, “tal vez perdamos el equilibrio. Pero nos perdemos a nosotros mismos.”